Durante mi reciente estancia en la Ciudad de México, aproveché para llevar a mi chamaco a algunos de los lugares que me vieron crecer. Uno de ellos fue la otrora Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP) de Acatlán, hoy Facultad de Estudios Superiores (FES), donde estudié algunos semestres de Economía.
El escuincle se extrañó, pues el me conoce como Comunicóloga egresada de la Universidad Franco Mexicana (UFRAM), y sabedor de mis escasas habilidades en el manejo de la economía, cuestionó bastante rudo a la universidad donde aprendí tan poco.
Pero bien pronto tuve oportunidad de demostrarle algunos de los conocimientos adquiridos, especificamente el relacionado al reajuste de precios, ese proceso de modificar los costos de los productos en función de las condiciones del mercado, los precios de la competencia, la demanda y otros factores.
La oportunidad nos las dieron las compras de pánico navideñas. La lista de regalos incluía un set de toallas, que nos hizo recorrer varias tiendas.
El costo era el mismo en casi todas, así que por mera comodidad nos decidimos por las de Marti, tienda de artículos deportivos, específicamente por su sucursal de Plaza Galerías en Querétaro.
Al día siguiente, me dispuse a envolver los regalos, y por tanto, a retirar los precios de cada uno de los productos.
No sé si fue ira o indignación, pero una emoción oscura se apoderó de mi cuando, al retirar de las toallas la etiqueta del precio que decía 399 pesos, apareció, justo debajo, una etiqueta que indicaba 98 pesos.
¿Qué clase de evento podría justificar un ajuste de precios del 300 por ciento? Me pregunté mientras releía los precios de ambas etiquetas. ¿Un sobrecosto de materiales, una escases de toallas, una sobredemanda de este tipo de productos?
El ejemplo funcionó para lucirme y, en medio de mi enojo, compartir algunos de los términos estudiados en mi paso por la ENEP, además, para sumar votos para devolver las toallas a la tienda alegando que ese ajuste de precios había rayado en la usura.
La experiencia también ayudó a recapitular sobre la irresponsabilidad de empresas como Marti, que parecen ignorar que el ajuste de precios se trata de posicionar estratégicamente tus productos para ganar ventas manteniendo unos márgenes saludables, y no de una politica usurera que permita dejar amplios márgenes de ganancia timando a tus clientes.
…pero más allá de la avaricia, “la emoción deportiva” que se hizo notar, fue la de la pereza de los empleados de Martí, ¿qué trabajo les costaba quitar la etiqueta vieja antes de poner la nueva? Pero, como decia Bill Watterson, “nunca hay tiempo suficiente para hacer toda la nada que se quiere”.