Con el paso del tiempo, todo cambia, para bien o para mal, pero cambia. Algunas cosas cambian en la superficie, otras en el fondo, pero en su mayor parte, los cambios se manifiestan en todos los aspectos de las cosas.
El cambio no es visto positivamente en algunos casos, por ejemplo, cuando un negocio o producto ha alcanzado un punto climático en su posición comercial, pierde el gusto de innovar, y a veces se concentra en intentar atar ese momento, que considera la cúspide de su existencia.
La anécdota de hoy tiene que ver más con el esmero que se pone en intentar mantener el exterior lo más constante posible, olvidando dar el mismo mantenimiento al fondo de las cosas.
En mi reciente viaje nostálgico a la Ciudad de México, algunas amigas del programa PRENDE de la Ibero, buscábamos un lugar céntrico para reunirnos.
Escogimos El Péndulo de la Colonia Roma, ubicado en la calle de Álvaro Obregón, donde ya nos habíamos reunido un par de veces antes.
Yo iría con el chamaco, que ya conocía el lugar pues en ocasiones, cuando viajamos a la Ciudad de México en familia, nos hospedamos en un hotel bastante cercano haciendo de la librería uno de los lugares tradicionales para visitar, comer y adquirir alguno que otro juguete o accesorio, lo que también resultaba conveniente.
El tráfico de la ciudad hizo que sólo una de nosotras pudiera llegar a las 6 de la tarde, hora de la cita. Yo, que venía desde el Norte de la Ciudad, llegué pasadas las 7 y la tercera integrante del grupo, que venía desde el Sur, llegó casi a las 8 de la noche.
La primera en llegar, había pedido una malteada y un agua mineral durante la espera, lo que le había representado varias miradas de reproche por el personal del lugar que seguramente pensaban que el tiempo ocupando el lugar y el consumo no eran proporcionales, y que, quizá por ello no dudaban en hacerla sentir incómoda.
Cuando llegamos el escuincle y yo, las miradas incómodas se repartieron entre los tres aún cuando no habíamos terminado de sentarnos.
Veníamos cansados: nuestro trayecto de 2 horas se había transformado en uno de 3, asi que en una de las paradas le compré un pan dulce, tan dulce que, a la altura del Metro Chapultepec, ya lo había empalagado, así que le dije que, llegando a El Péndulo, pidiera una lechita para poder terminarse su pan, antes de cenar.
Así lo hizo, y llegado, pidió un vaso de leche al chico que nos entregó el menú. La leche llegó muy pronto, y mi hijo casi de inmediato empezó a comerse el pedacito de pan que le quedaba.
Saludé a mi amiga, e hice una señal a la mesera. Aún no revisaba la carta, pero me urgía una cerveza.
Cuando la mesera se acercó, en lugar de tomar mi orden, señaló el pan de mi hijo y de muy mal humor nos ordenó guardarlo porque no se podían consumir alimentos de fuera en el lugar.
Me molesté un poco, no por la indicación, sino por la actitud, así que le respondí que no se preocupara, que si lo que tenía era preocupación de que no íbamos a consumir nada, eso no iba a pasar, que me trajera una cerveza en lo que veíamos la carta y cuando regresara íbamos a ordenar algo para comer.
Ella ni se inmutó, se quedó parada detrás de mí, y volvió a pedir que guardáramos el pan. Yo, ahora si de peor humor, le dije que mi hijo se iba a terminar su pan; que habíamos estado 2 horas en el tráfico y que no iba a dejarlo con hambre otra hora en lo que su orden estaba lista.
Le dije al escuincle que no se preocupara, que se comiera su pan, y al notar que la mesera seguía parada detrás mío, revisé rápidamente el menú, le leí un par de opciones al mi hijo para escogiera y se lo pedí junto con mi cerveza.
La mesera se retiró de peor humor y después de eso, no regresó a la mesa; otro mesero siguió atendiéndonos, con mejor actitud.
A partir de ahí fueron bastante amables, y cuando llegó la tercera integrante del grupo la molestia había desaparecido.
Quizá hubiera olvidado la anécdota si la chica de la mesa de al lado no hubiera comenzado una discusión con la mesera que terminó con ella pagando su cuenta sin haberse terminado su té.
Su historia había sido un poco parecida a la nuestra. Tras haber comprado un par de libros en la librería del mismo restaurante, decidió darles una leída tomando una taza de té. Mientras ojeaba las páginas de uno de sus libro, le dio una mordida a una palanqueta que traía en la bolsa levantando la alerta en el lugar. Su explicación sobre las características de su pequeña palanqueta, y su ticket de compra en la librería no sirvieron de mucho, pues el mesero siguió ordenándole que guardara su palanqueta. La discusión se acaloró, ella pidió su cuenta, pagó y se retiró del lugar, no sin antes esperar su cambio para asegurarse de no dejar propina.
Me vino a la mente una época pasada, cuando viví en la Ciudad de México, cuando El Péndulo era uno de los lugares favoritos para comprar libros. Pasear por los pasillos ojeando las publicaciones para elegir alguno, comprarlo, y comenzar la lectura en uno de los sillones del lugar con un modesto café, era una experiencia digna de repetirse.
Pero ese Péndulo ya no existe. Quizá te engañe al entrar, porque parece igual, pero a pesar de que en su estructura guarda similitudes con el que recuerdo, su espíritu se ha vuelto hostil y amargado.
Mis amigas y yo decidimos no volver a reunirnos en ese lugar, y tengo la seguridad de que la chica lectora de la palanqueta tampoco va a regresar…
Bien dicen que uno no debe volver a los lugares donde fuiste feliz…