La nostalgia es quizá el sentimiento con que mejor definiría los últimos días del 2025 y los primeros del 2025.
Regresé a Atizapán de Zaragoza, en el Estado de México, la tierra que me vio crecer, para cuidar a mi sobrican durante 15 días, lo que implicó mudarme temporalmente a la casa de mi hermana, localizada en el mismo cerro que la casa de mis padres.
Parte del programa de cuidados, implicaba llevar a la itzcuintli a su guardería ubicada justo enfrente de la que fue mi preparatoria, y a escasas cuadras de la universidad donde estudié.
La situación geográfica implicó que pudiera revivir de alguna manera rutas y experiencias que fueron parte de mi vida por más de 25 años y lo más espectacular fue que muchas cosas parecían haberse detenido en el tiempo…
Lo primero que me llenó de alegría fue darme cuenta de que en la combi las cosas seguían igual: ese el buenos días o buenas tardes al subir y bajar, y esa confianza de entregar tu billetito a un desconocido sabiendo que tu cambio va a regresar completo, seguían presentes, al igual que el calor humano y el aire condensado.
De hecho, me pareció que algunos de los autobuses seguían siendo los mismos que cuando me fui hace más de 20 años…
…Otras cosas, en cambio, habían cambiado drásticamente, y me hicieron sentir totalmente perdida, como si hubiera viajado a otra dimensión.
Muchas de las calles que antes recorría libremente hoy se encuentran cerradas y decenas de condominios horizontales han poblado el cerro por el que solíamos salir a caminar y cortar flores… incluso, a uno de los cerros, donde antes había monte, hoy le llaman “parque urbano” …
Aunque la calle principal, el Antiguo Camino Real a Calacoaya sigue con sus dos carriles de ancho, sus orillas han cambiado drásticamente: donde antes había casitas pequeñas y algunos terrenos abiertos, ahora se levantan sendos edificios…
Recorrí los lugares, acompañada de mi sobrican y mi escuincle, quien se hartó de escucharme decir “eso no era así”, “aquello no estaba aquí” y así como descubrí cosas nuevas, redescubrí cosas que había olvidado, por ejemplo, algunos de los viejos parques donde llegué a parar con mi madre “caminito de la escuela”, seguían ahí: algunos árboles siguieron creciendo y algunas tiendas que parecen haberse congelado en el tiempo…
Es cierto que lugares que esperaba encontrar desaparecieron, fueron tragados por estructuras más grandes o más modernas, y otras, simplemente resultaron más pequeñas que lo que recordaba…
La canción “Tienes que mirar” de Fernando Delgadillo me sonaba una y otra vez en la cabeza, cada vez que buscaba algo sin encontrarlo… entonces, cerraba los ojos y repetía en silencio muchas cosas que dejaron de existir en un intento por rememorarlas…
Pensé seguido en la nostalgia de Salvatore en Cinema Paradiso y en esa frase de Alfredo: “Viviendo aquí día a día, crees que es el centro del mundo. Crees que nada cambiará jamás. Entonces te vas: un año, dos años. Cuando regresas, todo ha cambiado. El hilo se ha roto. Lo que viniste a buscar ya no está. Lo que era tuyo se ha ido”.
Y si después de 20 años muchas cosas se han ido… pero algunas otras sobreviven, quizá no literalmente, sino como fantasmas de recuerdos, que seguirán alimentando la nostalgia, al menos, mientras alguien las extrañe.